jueves, 18 de julio de 2013

up

De las cosas más destacadas de la película y de lo que mucho se ha hablado desde Cannes, es sin duda de esa atmósfera nostálgica y de reminisencia resaltada en las más exquisitas tonalidades sepias, que embriagan a Carl Fredicksen tras la muerte de su esposa y compañera de aventuras, que se acompañan además por las más melancólica musicalización realizada por el reconocido compositor Michael Giacchino. Todos estos son elementos que se vuelven todo un explosivo cóctel que toca las fibras del espectador al punto de ponerlo realmente triste y hacerle escapar más de una lágrima sincera.
Este aspecto que evoca lo nostálgico y la soledad, lo que hace justificar el mal carácter de este inspirador personaje, es lo que más se disfruta de la cinta en especial en su introducción y la primera mitad. Pues una vez agotado este tema y la languidéz de su historia, es ¡tiempo de aventura! y todo cambia. Cambian los colores, cambia la actitud, cambia la actividad, hay más acción, por supuesto, tiernas e inocentes “aventurillas”, pero con ella se va evaporando o tal vez “elevando en demasía” una historia que comienza a tornarse ingenua – en exceso -, sorprendente e irritantemente fantasiosa con falta de hilaridad, sobre todo cuando hace su aparición (al que según la trama uno daría ya por muerto) el personaje Charles Muntz un verdadero viajero que inspiró a este viejo gruñón y su habladora pero adorable esposa, cuando ambos eran apenas unos niños.